Reflexiones de un pensador compulsivo…

La noche de las flores

Tibia la madrugada se posó sobre los ojos del duendecito verde y alargado. Rastrero, como era su condición, pasaba de tallo en tallo y probaba de cada hoja un pellizco que nunca satisfizo su hambre interminable. El sol en su sabiduría no hizo caso de su voracidad y dejó que el duendecito decorara el paisaje con sus mordiscos, así fue asomándose la bola de luz en el saliente, mientras sus rallos apuraban el apetito del verde hambriento.
Se pasó el día comiendo hasta dibujar en su cuerpo una curva gigante de satisfacción y pensó: “mañana será otro día, seguiré comiendo y comiendo porque comer es placer y el placer me da vida”. En la tarde naranja se asentó la luz del inmenso astro sobre las flores, dejando ver un desolado paraje de hojas incompletas, tallos desnudos y ninfas coloradas de pena por el despojo de sus trajes elegantes. El culpable voraz de tal escándalo ya se disponía a dormir su siesta sin el menor rastro de remordimiento.
Así fue que se guindó de una flor disgustada y se durmió inmediatamente con la pesadez de tal ingesta. No sabía que su sueño sería el tiempo de la trampa de las flores furiosas.
El sol hizo su retirada para dejar que las flores hicieran su conjuro. Entonces en la oscuridad de la noche sucedió el milagro: todas voltearon hacia el tallo donde reposaba el duende y sus formas contorsionadas dieron a luz el halo mágico de su deseo. El vestido verde del avaricioso come hojas fue endureciéndose hasta convertirse en una concha, en un caparazón, en un huevo. Ahí dentro figuras sombrías se movían desperadas por la metamorfosis. En cruenta lucha contra su propia forma, el duende se sacudió tratando de resistir lo irresistible. Entonces fue cuando pasó lo más terrible.
Tibia la madrugada siguiente posó su luz en el engendro de las flores. Tenía antenitas, varias patas y estaba toda inquieta, pero lo más asombroso eran esas enormes alas de colores que reflejaban como espejo los ostentosos y cromáticos pétalos de las flores, que ahora reían por su travesura, al compás del baile solar. Ya el duende no era duende ni rastrero, ahora volaba y no tendría hambre nunca más. Ahora estaría atormentado por un único y enorme deseo, un furor irrefrenable; ahora estaba ardiendo en las calenturas de una fuerza suprema. Ahora era presa desahuciada del amor.

Alejandro Zavala

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